viernes, 13 de enero de 2012

No sé, a veces me pregunto por qué quiero tanto al perro. Quizá porque me quiere sin pedir explicaciones. Porque me quiere aún cuando lo regaño por llenarme la ropa de pelos o ensuciarme de baba. O porque se mete entre mis piernas y casi me tira. O por todas esas reacciones propias de un perro a pesar de las cuales lo quiero. Porque cuando llego me huele todo, hasta el trasero como preguntándome "¿A dónde fuiste? ¿Qué hiciste?" cosas que nadie me pregunta. Tal vez porque bajo cualquier circunstancia siempre está moviendo la cola y con esa expresión feliz en su cara, dispuesto a darme la pata en cuanto yo extienda la mano sin importar lo que pase o qué tan ebria llegue a la casa. No sé, yo lo quiero, de verdad. Ojalá nunca se muera, ojalá mis hijos lo conozcan y jueguen con el. Y lo saquen a pasear en las tardes. Y le tengan que limpiar sus montañas de popó cuando ande jugueteando en el patio. Yo quiero mucho a Ringo, verda' de dios.

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