Son casi las 5 de la tarde cuando nos subimos a la camioneta de mi papá. Esa Ford gris con rayas azules de una cabina que dejó de ser un modelo reciente hace mucho tiempo.
Nos acomodamos mis hermanas y yo en el asiento cubierto por un sarape de colores que guarda ese olor tan particular y que siempre me ha desagradado. Arranca la camioneta haciendo tanto ruido, ruido que siempre es opacado por el estéreo Kenwood que toca el mismo cassette día tras día, el mismo que no tenía más que los tornillos para cambiar de estación y subir el volumen en lugar de botones. Caminando por calles extrañas de la gran ciudad, caminando muy triste y muy solo te quería encontrar. Hoy corté una flor y llovía, llovía esperando a mi amor, y llovía, llovía. Cómo olvidar tu pelo, cómo olvidar tu aroma si aún navega en mis labios el sabor de tu boca, mis hermanas y yo ya nos sabemos esas canciones de memoria y siempre terminamos cantando.
Recorremos siempre el mismo camino con el mismo paisaje que no me deja de gustar. Atrás se queda la carretera para empezar la terracería, pasamos el puente que está sobre un río, esa casa extraña que siempre me intrigaba, bajamos por el único carril lleno de piedras que hay para llegar. Si saco la mano de la ventana puedo tocar todas las plantas y árboles que han crecido alrededor del camino de manera natural, a veces me da por arrancar hojas, hay tantas plantas de las que no sé su nombre pero sin duda mi favorita es esa que tiene unas bolitas que se pegan a la ropa, las arranco maldosamente para aventárselas a mis pequeñas hermanas de 5 y 6 años. Yo tengo 10.
Paramos frente a la casa de mi abuelo, ese humilde cuarto de tabique con puerta roja, vidrios azules y una sola ventana, bajamos de la camioneta y los perros que ahí viven nos rodean: el "chorejas", perro callejero que ha estado ahí desde que tengo memorias y "la Sandy", la rottweiler de mi primo el prieto. La puerta de la casa de mi abuelo está cerrada pero él no tarda en subir, estaba en los corrales de las vacas, o quizá de las gallinas. Quióbole china, me dice con ese tono de voz tan suyo y nos saluda con su mano áspera y llena de tierra, manos de hombre de campo. Mi abuelo es alto, moreno, siempre con sus zapatos de trabajo y su sombrero, para tener 80 años parece tener la misma fuerza y vitalidad de mi papá.
Entramos a su casa y nos sentamos en su cama o en ese taburete que muchos años estuvo en mi casa. "Te trajimos esto, abuelo" le decimos mis hermanas y yo en coro, mientras le damos la bolsa de plástico con un traste lleno de comida que siempre le manda mi mamá. "¿Qué es? Gracias, ahí déjamelo en la mesa". Entramos a la cocina y siempre me quedo viendo el refrigerador verde que también, alguna vez fue de nosotros. Su alacena de metal llena vasos de vidrio y trastes de plástico, la estufa pequeña y la ventana. Siempre tiene ahí ese vaso morado de Michael Jackson de la promoción de pepsi y su escopeta en la pared junto a su cama, del otro lado el buró con una grabadora y arriba de su ropero la televisión que siempre nos invita a prender y que jamás vemos, preferímos salir a jugar con el prieto mientras mi papá y mi abuelo platican.
Jugamos en los corrales, vemos a los animales recién nacidos, las vacas nunca faltan. Bajamos las bicicletas de la cajuela y empezamos a pedalear sobre el pasto seco. Mi tía Julia, la mamá del prieto, siempre está lavando los trastes en el lavadero. El prieto baja corriendo descalzo por todo el camino de piedras al lado de nosotras. Después nos vamos corriendo hacia la milpa llena de alfalfa y maíz, jugamos con los aspersores, el tiempo vuela y sin darme cuenta, cada momento ahí experimento lo que más tarde comprendería: nada más que verdadera y pura felicidad, como jamás la volvería a conocer. Tengo los pulmones llenos de aire puro, los ojos llenos de los cielos más azules que haya visto hasta entonces , el río que pasa más abajo de la milpa resuena en mi cabeza y el alma llena de risas y juegos, del cariño que jamás dejaré de sentir por mis hermanas tan escandalosas y chillonas como son, del amor profundo al rancho de mi abuelo donde todos los días soy un poco más feliz.
El tiempo se acaba, es hora de volver a casa. Está oscuro y las luciérnagas revolotean por todos lados. "Adiós, abuelo" y nos ponemos en fila para estrechar su mano. "Ándale que les vaya bien" nos dice desde la puerta de su casa, donde se queda hasta que la camioneta poco a poco desaparece en el camino pobremente alumbrado, sacudiéndose como siempre por todas las piedras que hay en el único carril angosto, mi camino favorito, el camino a la felicidad de cada tarde.
Es tanto el cansancio que cierro un momento los ojos y cuando los vuelvo a abrir, estoy en mi cuarto 14 años después. Hace mucho que nada volvió a ser igual y a veces, cuando me siento caer de nuevo en el abismo siempre regreso a aquellos días perfectos, a mi lugar favorito en todo el mundo.
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